Al igual que le sucede a Julien Sorel, el inolvidable protagonista de la novela de Stendhal, Le Rouge et le Noir, todos estamos condenados a dilapidar atropelladamente, entre cuitas y avatares, los días contados de nuestra existencia. Para al final mirarnos en el espejo de nuestro trágico destino. Instante este, en que nos veremos reflejados, envueltos en la patética vacuidad de nuestra existencia.
La vida mata.
La vida te da y te quita. Caprichosa, rebosante de momentos deslumbrantes y de sombríos espacios impregnados de incertidumbre y dolor.
Sí, la vida duele. Eso lo sabía Camarón de la Isla, intuyo que lo sabe Raúl Micó y hasta yo mismo alcanzo a percibir este hecho incuestionable.
Lo Rojo y Lo Negro es un proyecto expositivo inspirado en el talento interpretativo del joven cantaor villenense. Personaje al que no conozco personalmente y con el que tan solo he hablado por teléfono un puñao de veces. La primera vez que contacté con él, se encontraba en Sevilla, y yo, como no podía ser de otra manera, en Villena. Le demandé insistentemente para que me trasmitiera la clave de su obra y él, con sencillez y la parsimonia que caracteriza a los elegidos, me contestó: El dolor, Escoín, el dolor.
Casi ná.
El fin último de esta muestra de arte contemporáneo, es expresar el grito desgarrado, el lamento profundo de desasosiego y desarraigo, melancolía y frustración, desesperación y rabia que delimita emocionalmente al hombre de nuestro tiempo.
Difuminadas sombras negras como el alma de los ausentes. Pasiones encendidas de rojos bermellones.
Crónicas del sentir del pueblo llano, mil veces humillado y vencido. Quejidos silenciosos, arañados de la delicada película que envuelve el contenedor de sentimientos que metafóricamente llamamos corazón.
Brindemos por el amor.
Con el albor de la mañana el éxtasis amoroso nos abduce de la realidad. Al caer la noche, el crepúsculo envuelve al despecho compartiendo lecho con el desamor.
Oscuras golondrinas sobrevuelan la placeta de la Empedrá, en la vieja capital del Marquesado de los Manuel y los Pacheco, mientras un chaval de tez aceitunada besa los labios rojos como el fuego de una Lolita Nabokoviana. La voz pura y jonda de Raúl resuena tenue y apenas perceptible, como la brisa de la tarde, colisionando contra los muros desconchados de las casas. Una nube naranja se funde sobre blanco de zinc, el azul de Prusia del cielo se diluye con el cobalto de las lejanas montañas, suavemente, sobre un formidable lecho de laca de geranio y rojo inglés. La bóveda celeste envuelve con su manto protector la esfera mística que nos cobija.
De pronto, un impulso irrefrenable me subyuga;
Una visión espiritual.
Sobre un campo de rojos cadmios desvaneciéndose en grises marengos hasta perderse en el horizonte, irrumpe violenta, una gran mancha azabache suspendida en el espacio. Muda. Gritando:
¡Vivan los muertos!
Porque os queremos,
Y no os olvidamos.
Piano, piano, piano
Rondeñas, tarantos, soleás, alegrías, seguirillas, fandangos, bulerías. Historias recurrentes, fábulas cotidianas, nimias o trascendentes. Cantes de supervivencia celebrando la belleza rota y desnuda del mundo.
Ni más ni menos.
Miguel Ángel Escoín
Artista Plástico y Currante
Villena 21 Mayo 2009


