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Entrevista al presidente de la comparsa de ZÍNGAROS

Entrevista al presidente de la comparsa de ZÍNGAROS

Aunque con el tiempo he llegado a ser «capataz perpetuo» de mi Comparsa de Zíngaros, título honorífico que ostento con satisfacción y orgullo, debo decir que no soy festero de los de primera hora, sino que la Fiesta comenzó a germinar en mí una vez terminada la del año 1.947 en la que, por circunstancias muy especiales, participé por primera vez, animado por la insistencia de dos buenos amigos de la recién incorporada comparsa de Musulmanes, en la que además de los dos «insistentes» antedichos también tomaron parte otros compañeros de mis andanzas teatrales.

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Fue tan grande la impresión que me produjo el participar en la totalidad de actos que entonces se celebraban, fue tal la transformación de emotiva complacencia y tal la importancia de las atenciones que prodigué y se me dedicaron, que me sentí invadido por el virus de la Fiesta; una especie de gusanillo que transforma y trastorna el metódico discurrir de la vida, y que induce, sin que nada ni nadie pueda evitarlo, a desear seguir experimentando las mismas sensaciones vividas y que aquel que no las experimenta imagina que están lejos de la realidad que otros te comentan. Me entró la fiebre festera, una especie de sarampión que no podía aceptar me durara un tiempo indefinido y que tan solo se podría curar, pensaba yo entonces, si seguía tomando parte en la Fiesta de Moros y Cristianos, en la que para mi suerte, yo acababa de participar.

Mi entusiasmo por ella había que comunicarlo y si era posible contagiarlo al grupo de amigos más íntimos, aquellos con los que más convivía, y a los cuales consideraba más propensos a ser convencidos para que me ayudasen a ver realizada la idea que germinó en mi mente después de la grata, edificante, y magnífica experiencia musulmana que yo había experimentado.
Tuve suerte en la propuesta que hice al grupo de los amigos más allegados porque ninguno de ellos estaba seriamente comprometido con ninguna de las comparsas existentes, aunque Antonio Tamayo y Manuel Maestre estaban a punto de ser Marroquíes, Julio Vera, Luis Juan y Joaquín Vera no tenían decidida su participación con ninguna comparsa, y contando con el resto de amigos cuya lista omito por si flaqueara la memoria y quedara alguno sin nombrar, pensamos que éramos un número suficiente como para empezar a exponer nuestros proyectos.
Se trataba de fundar una comparsa nueva en ELDA. Pero la verdad es que resultó tan nueva, que en el ámbito festero que después llegamos a conocer no encontramos, ni por casualidad, vestigios de algo parecido.

Julio Vera, era representante y almacenista de curtidos, magníficamente relacionado, buen administrativo y amigo entrañable, fue nombrado Secretario, Tesorero Contador y demás cargos propios de una asociación en esta comparsa que todavía no existía, siendo también al mismo tiempo el administrador de unos bienes que aún estaban por llegar.

Manuel Maestre, considerado entre nosotros como la «masa gris» del grupo fue nombrado Presidente, Consejero general y principal, para la toma de decisiones y contactos con quienes debían de aprobar nuestro proyecto, que todavía no tenía nombre asignado.
Antonio Tamayo, por sus más que buenas relaciones que las recién nombradas autoridades y su carácter temperamental y sus tajantes decisiones fue un todo terreno de las relaciones públicas y privadas, y además el elemento necesario e imprescindible para la consecución del material preciso para la fundación y puesta en marcha de nuestra Comparsa.

Luis Juan Alba, formaba parte de la «comisión artística», pues era el «tío del detalle» y de la acabada y perfecta faena; socarrón, de ideas perfectamente realizables, fue durante muchos años el Zíngaro meticuloso que solía poner esa guinda que dejaba más perfecta esa obra ideada por otros.
El que esto recuerda, Jenaro Vera, portavoz de la idea y con grandes aficiones a mandar, obediente a todas las indicaciones hasta la formación y puesta en marcha de la Comparsa, ejercitó luego en la misma sus deseos de mando de manera tan eficaz e insistente durante cerca de treinta años que consiguió que «la masa gris» directiva de la misma le nombrase «capataz» como al principio se ha dicho.
El resto de amigos que formaron la directiva imaginaria, Arellano, Joaquín, Confi, Humarán, Roberto, Fernando, Peñataro y un largo etcétera nos iban alentando deseándonos un feliz resultado en nuestras gestiones.

Lo primero fue buscar y elegir el nombre y el atuendo para lo que queríamos fundar. Una película nos dio la primera pista ya que en nuestros pensamientos estaba el hacer una Comparsa en la que encajaran perfectamente y pudieran lucirse a tope nuestras hijas e hijos en aquellos años de muy corta edad.

En el Teatro Castelar proyectaban por aquel entonces una película de Stan Laurel y Oliver Hardy, cuyo título era Fra-Diávolo, llamando nuestra atención los «afiches» correspondientes a la misma y que estaban expuestos en las carteleras que llenaban el vestíbulo del cine. Nos dejaron entrar a ver la película, pues tanto Tamayo como Maestre tenían pase gratis, colándome yo como acompañante. Al verla tuvimos la solución para el nombre ya que las escenas más bonitas nada tenían que ver con los dos cómicos que eran cabecera de cartel. Eran protagonizadas por una tribu de gitanos de Centro-Europa, con sus características acampadas y sus notables danzas interpretadas por un cuerpo de baile de los que tanto y tan bien prodigaba el cine americano. Quedamos encantados de lo que habíamos visto. Teníamos la Comparsa casi bautizada, ZÍNGAROS, y tan solo nos faltaba un pequeño pero importante detalle: ¿Como explicábamos la forma del traje, sobre todo el de hombre?, ¿Que idea teníamos nosotros para poder plasmar en un dibujo lo que nos había gustado, para ser aprovechado en nuestra Comparsa?. Tamayo nos dio la solución cuando estábamos de nuevo en el vestíbulo camino de la calle. Los tres o cuatro «afiches», que mejor aclaraban lo que queríamos que se diseñara y otros que representaban zíngaras en el campamento y con su carromato, desaparecieron entonces como por arte de magia y una hora después en el despacho de la fábrica de mi padre, encima de la mesa podíamos contemplar con detalle y con toda tranquilidad, casi todo lo que habíamos visto en la película y nos había proporcionado la idea para inventar, con relativa fuerza de imaginación, lo que seria nuestra Comparsa.

Primero se confeccionó el dibujo de los trajes, tanto el de la mujer como el de hombre, encargándose Manuel Maestre de presentar los diseños, denominación y demás proyectos relacionados con la comparsa a la Junta Central, para su estudio y aprobación, si lo estimaban conveniente.
Las personas que tenían que aprobar la entrada de nuevas comparsas en la fiesta no mantenían un sentido demasiado estricto para su admisión, y salvo en casos de auténtica anarquía y anacronismo no ponían demasiados inconvenientes, con el fin de no interferir ni poner trabas a los buenos deseos de algunos jóvenes y algunos menos jóvenes, que querían hacer revivir agrupaciones de una juventud ya pasada y que en su momento fueron notables. Y llega el momento. Los Indios, los Usares y los Judíos no son admitidos, y sin embargo los Zíngaros apadrinados por la Comparsa de Estudiantes y avalados personalmente por la decidida intervención de Maximiliano Aguado son admitidos con el compromiso de formar en los desfiles de 1.948.
Debiendo señalar que no obstante los inconvenientes iniciales, la aparición de nuestra Comparsa fue saludada en el Libro de Fiestas de 1.948 con un artículo que ahora transcribimos debido probablemente a la pluma de D. José Capilla, aunque el mismo fuera firmado solo con las iniciales J.C.
Detalle curioso es que en el mismo se nombra a nuestra Comparsa como «Cíngaros» con C, cuando en el propio título se nos cita con Z.

BIENVENIDA A LOS «ZINGAROS»
Por J.C.


201