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Opinión, D. José Abellán Martínez. ¿DE QUIEN ES LA CULPA?

Terremotos y maremotos, huracanes, aludes, inundaciones, sequías, erupciones volcánicas, etc.. han hecho estremecer los corazones de las personas en todas las épocas. La humanidad siempre ha arrastrado la periódica compañía de catástrofes naturales que ha causado millones de muertos y cuantiosas destrucciones.

En la mente y en la retina de todos están las trágicas imágenes servidas por las televisiones de todo el mundo, ofreciéndonos desastres como: el terremoto de Haití, el tsunami del Pacífico de la Navidad de 2004, de los huracanes del Caribe de 2005: Rita, Katrina, Wilma, Alfa y Beta, de los tifones de China y Japón, de las inundaciones en la India y de los terremotos en Irán, Turquía y Paquistán.

Quienes saben de estos fenómenos y tienen datos estadísticos objetivos fiables, mantienen que los desastres naturales acontecidos en el mundo durante estos dos últimos años, no han sido ni más ni menos catastróficos que otros muchos a lo largo de la historia. Son los medios de comunicación de masas quienes nos han hecho conocer al momento mismo de ocurrir, como quien dice en vivo y en directo, toda la fuerza destructiva de la naturaleza, conocimiento que tiempos atrás no era posible o nos llegaba tarde y como hecho extraño.

Tras la sucesión de huracanes, terremotos, terrorismo, narcotráfico.., afectando a países pobres de América Central, ya muy castigados por otras muchas desgracias, e incluso al sur mismo de los Estados Unidos, muchas personas se han dirigido a Dios, como pidiéndole explicaciones y casi culpándole de su “pasividad”. Por el lado contrario, algunos fundamentalistas religiosos, en su delirio irracional han llegado a afirmar que estas catástrofes eran “castigos” del cielo.

Pienso que quienes así se expresan, buscan rentabilizar estas desgracias naturales cargándolas sobre las espaldas de otros, e incluso persiguiendo intereses sociopolíticos ocultos. Acercarse y tratar de explicar los fenómenos naturales como castigo o premio de la conducta humana es un disparate teológico, un absurdo científico y una manipulación de las conciencias y de los pueblos pocos instruidos y peor formados. No es raro escuchar a personas religiosas, pero con escasísima formación humana, religiosa y académica afirmar ante cualquier hecho desgraciado o luctuoso: “eso es un castigo de Dios”, o “pórtate bien o el Señor te castigará”.

Tampoco es una novedad que ante un accidente de tráfico, una enfermedad, la muerte de un ser querido o de un inocente.., haya “creyentes” que se hagan esta reflexión: “Si Dios es bueno, ¿por qué permite este sufrimiento?”. ¿Quién no ha oído a agnósticos, indiferentes y ateos postular planteamientos como los siguientes?: ¿Cómo Dios, -si existe-, puede causar o consentir que se abata tanto mal sobre la humanidad? ¿Acaso Dios no es tan poderoso como algunos predican? ¿Por qué Dios no hizo un mundo más perfecto, en el que no cupieran los males y catástrofes naturales, ni el egoísmo humano por el que los hombres y pueblos se destruyen?

Conocemos la geodinámica interna y externa del planeta tierra que nos permite explicar el origen de terremotos y volcanes, conocer las áreas de contacto de placas tectónicas y las zonas de mayor actividad volcánica. Ello nos permite decir que estas fuerzas de la naturaleza no se relacionan de ningún modo con la bondad o maldad de los habitantes de las zonas afectadas. La idea de un Dios “policía” y “mago” es ajena al cristianismo, aunque haya cristianos exaltados.

Estas formas de pensar revelan que a pesar de dos mil años de cristianismo y de los múltiples avances en las ciencias humanas, subsiste en muchas conciencias y comportamientos la superstición y el pensamiento mágico propio de las religiones paganas, en las que el mal físico individual o el mal causado por sequías, plagas, etc.., tenía como causa el pecado como ofensa a la divinidad y la reacción de ésta, era infringir sufrimiento a los hombres.

Lo más grave de este modo errático de pensar, es que luego se trataba de justificar para marginar a quien no tenía las propias convicciones, condenar al “pecador” que se había apartado del modo común de pensar, vivir y actuar e incluso a justificar, en casos extremos la aniquilación física y el terrorismo en nombre de Dios.

Estimado lector: somos temporales y estamos sometidos a la finitud. Pero como seres inteligentes nos corresponde prever las catástrofes, corregir conductas no éticas y hacer políticas más responsables.


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