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Mensaje de Navidad del Obispo Diocesano, Monseñor Don Rafael Palmero

Del 25 de diciembre, Natividad del Señor, al 6 de enero, Epifanía y
Adoración del Niño por los Magos, hay en el calendario litúrgico otra fecha
señalada con trazos luminosos: el 1 de enero, fiesta de Santa María, Madre
de Dios. Ese día la Iglesia celebra, con el estreno del nuevo año, la Jornada
Mundial de la Paz. Se nos habla en estas fiestas familiares del consabido
espíritu navideño. Y da la impresión de que olvidamos que no consiste en
consumir más cosas, o tirar la casa por la ventana o superar los límites de
nuestro colesterol, sino que el verdadero espíritu de la Navidad ha de
despertar en nosotros un anhelo fuertemente arraigado en el corazón de
todos: la PAZ.
No una paz a pactar con condiciones por las partes en litigio; ni una
paz que se entregue a plazos (como si fuera un coleccionable por
fascículos); ni una paz escuchimizada o de segunda mano; tampoco una paz
a la medida de nuestros propios intereses o aspiraciones, en ocasiones
mezquinas y egoístas. Es la verdadera paz, que nunca podremos construir
los hombres con nuestro solo esfuerzo. Es como el maná que descendía del
cielo para alimentar al pueblo de Israel en el desierto. Sí. Necesitamos esa
paz que, llovida de lo alto como un regalo de Dios, ha de guiar nuestros
pasos por caminos trillados cada día, por senderos que ocultan minas antipersona:
odios, rencores, venganzas, guerras, enfermedades, explotación
sexual… y tantísimas armas de destrucción masiva que hemos ido
sembrando a lo largo y ancho de nuestro planeta.
Anhelamos la paz que brota y nace de la gloria de Dios: «Gloria a
Dios en las alturas, y en la tierra paz entre los hombres, objeto de su amor»
(Lc 2,14). Este cántico angelical, el primer villancico de la historia
entonado por criaturas celestiales, se ha convertido para siempre en el
sonido interior de la Navidad. Este cántico, escribió Benedicto XVI en una
meditación siendo arzobispo de Múnich, «nos ayuda a entender de qué trata
la Navidad. Contiene un término clave que, justamente en nuestro tiempo,
mueve a los seres humanos como casi ningún otro: la paz. La palabra
bíblica shalom dice mucho más que la mera ausencia de guerra: afirma el
recto estado de los asuntos humanos, el estado de salvación: un mundo en
el que reinen la confianza y la hermandad, en el que no haya temor ni
carencias, ni insidias ni mendacidad. En la tierra paz: ése es el objetivo de
la Navidad»1.
Sí, para que sea estable y duradera, la verdadera paz ha de estar
sólidamente fundamentada en la gloria de Dios. «Gloria a Dios en el cielo,
y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor», cantamos con aire
jubiloso y suave tintineo o repique fuerte de campanas en la Misa del
Gallo. Este himno de alabanza «presupone un primer elemento sin el cual
no puede haber una paz duradera: la gloria de Dios. Ésta es la doctrina de
Belén sobre la paz: la paz entre los hombres proviene de la gloria de Dios.
Quien esté interesado en los hombres y en su salvación debe preocuparse
antes que nada por la gloria de Dios… Cuando Dios no es glorificado entre
los hombres, el hombre no puede permanecer en su propia gloria, en su
honor. La Navidad tiene que ver con la paz entre los hombres justamente
porque en ella se restauró la gloria de Dios entre los hombres»2.
1 La bendición de la Navidad, Herder 2007, 89.
2 Ibid.
Que el Niño Jesús nos conceda en las fiestas navideñas que se
acercan el regalo de esa paz tan ansiada. Y que nosotros, por nuestra parte,
glorifiquemos el nombre de Dios con palabras, pensamientos y acciones.
En particular y conviviendo juntos. Que llueva abundantemente sobre todos
el rocío de su gracia; que caigan sin cesar sobre esta tierra nuestra copos de
amor inmenso de un Dios que quiso plantar su tienda y levantar su casa
entre nosotros:
«Es hermoso cantar como los ángeles
en la noche más tierna;
seguir a aquel pastor embelesado
que cuenta las estrellas.
Que está nevando Dios, que está nevando
amor sobre la tierra»3.
En La ciudad de Dios, san Agustín nos brinda una página bellísima
sobre la verdadera paz. Todo un tratadito sobre la misma. Reflexiona y
escribe en referencia siempre al orden establecido por Dios en la creación.
«La paz del cuerpo –precisa en ondas concéntricas que se van expandiendo
progresivamente– es la ordenada complexión de sus partes; y la del alma
irracional, la ordenada causa de sus apetencias. La paz del alma racional es
la ordenada armonía entre el conocimiento y la acción; y la paz del cuerpo
y del alma, la vida bien ordenada y la salud del alma. La paz entre el
hombre mortal y Dios es la obediencia ordenada por la fe bajo la ley eterna.
Y la paz de los hombres entre sí, su ordenada concordia. La paz de la casa
es la ordenada concordia entre los que mandan y los que obedecen en ella,
y la paz de la ciudad es la ordenada concordia entre los ciudadanos que
gobiernan y los gobernados. La paz de la ciudad celestial es la unión
ordenadísima y concorde para gozar de Dios y a la vez en Dios. Y la paz de
3 M. COMBARROS (ed.), Poemas para orar, BAC 2004, 78.
todas las cosas, es la tranquilidad del orden. Y el orden es la disposición
que asigna a las cosas diferentes y a las iguales el lugar que les
corresponde. Por consiguiente, los miserables, en cuanto tales, ciertamente
no están en paz, no gozan de la tranquilidad del orden, exenta de
turbaciones»4.
Y en uno de sus sermones al pueblo: «La paz es la serenidad de la
mente, tranquilidad del alma, simplicidad del corazón, vínculo del amor,
convivencia en la caridad»5.
¿Podemos pedir, mayores, jóvenes y pequeños, mejor regalo de
Navidad? Felices y santos días.
 Rafael Palmero Ramos
Obispo de Orihuela-Alicante


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