Se murió diez centímetros tan solo. Cuando contaba treinta años de edad Juan empezó a morirse. Sufrió un terrible desengaño amoroso: su novia de toda la vida le dejó plantado para irse con su mejor amigo. Su débil naturaleza se resintió hasta el punto de dejarle hecho una piltrafa. Ya no tenía ganas de nada. No salía a ninguna parte, además de haber sido abandonado por el gran amor de su vida, su mejor amigo le había traicionado, así que no se relacionaba con nadie. Hubiera querido morirse, pero estaba tan cansado de vivir que no tuvo fuerzas para morir del todo. Así que sólo pudo morirse un poco, digamos que diez centímetros.
Al principio Juan no estaba seguro, pero tenía bastantes indicios de que esa pequeña necrosis se había producido en su corazón, pues, aunque éste latía y esa circunstancia le hacía pensar que continuaba con vida, lo cierto era que a veces tenía serias dudas sobre ello, hasta el punto de llegar a pensar si no estaría muerto del todo. Y es que últimamente le ocurrían algunas cosas raras. Sin ir más lejos, un día mientras estaba en la oficina se dio cuenta de que su reloj de pulsera se había parado, se le habrá agotado la pila pensó sin darle mayor importancia. Se olvidó de él y cuando llegó a casa lo dejó sobre la mesita de noche. Al día siguiente se pondría otro. Pero por la mañana al despertar descubrió con sorpresa que el reloj estaba de nuevo funcionando. Lo cogió, lo miró extrañado, lo puso en hora, pues estaba desfasada y decidió volver a ponérselo. Lo observaría para ver su comportamiento. Habrían pasado unos diez minutos tan solo cuando volvió a mirar la hora y el reloj seguía funcionando nada, no se le ha acabado la pila, pensó Juan. Algo debió de pasarle ayer para que dejara de funcionar. Y decidió olvidarse de él. Sin embargo, no habrían transcurrido más que a penas treinta minutos cuando la curiosidad le llevó a mirar de nuevo la hora y entonces descubrió que el reloj se había vuelto a parar. Lo había hecho exactamente a los diez minutos de ajustarlo a su muñeca. Se lo quitó y lo guardó en un bolsillo de la chaqueta, no quería volver a mirarlo. Ya lo llevaría al relojero para ver qué le pasaba.
Al finalizar la jornada de trabajo e ir a ponerse la chaqueta se acordó de que había guardado el reloj en el bolsillo, lo sacó y al mirarlo vio con estupor que éste estaba de nuevo en funcionamiento, al parecer desde el mismo momento que lo metió allí, pues solo llevaba poco más de cuarenta minutos de retraso. Decidió no llevarlo al relojero ¿Qué le iba a decir, que solo funcionaba cuando no lo llevaba puesto? No era serio. Guardó el reloj en un cajón y se marchó a comprar otro.
Entró en una joyería que tenía puesto un gran cartel donde decía Por reformas, todos nuestros artículos al cincuenta por cien de su precio. Compró un Rolex automático, de acero que de otro modo no se hubiese podido permitir. Es precioso y una ganga le dijeron cuando se interesó por él. Se lo llevó. Después de todo se merecía un pequeño capricho.
Al día siguiente se puso su flamante reloj para ir al trabajo. Que vieran los de la oficina que todavía le quedaban agallas para superar el bache.
Aquella mañana salió a desayunar con los compañeros, algo que no hacía desde
bueno desde que se acabó la relación con su novia.
Juan al parecer, se estaba empezando a recuperar de su trauma amoroso, de eso no cabía ninguna duda. Estaba charlando animadamente con los compañeros mientras disfrutaba del segundo café de la mañana, (el primero lo había tomado en casa), cuando, como sin querer la cosa, se subió la manga de la chaqueta y miró su reloj. Se quedó pálido, sin aliento ¡aquello no podía ser! ¡El reloj estaba parado! Se había parado a las 8,30 ¡exactamente diez minutos después de habérselo puesto!, pero no dijo nada, se metió la mano en el bolsillo, sacó la cartera y en silencio pagó las consumiciones de todos los compañeros.
Rosalía Sanjuán. 6 de mayo de 2009


