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«El drama que nos toca vivir», artículo de opinión de Gonzalo Trespaderne Arnaiz

EL DRAMA QUE NOS TOCA VIVIR

La reacción internacional que ha traído consigo la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, vuelve a poner en evidencia una contradicción sobre la que deberíamos pararnos a pensar: la condena firme y visible hacia determinados conflictos bélicos frente a la indiferencia o atención muy limitada hacia otros más devastadores. Ello, obliga a preguntarse hasta qué punto la indignación responde a principios éticos fundamentales, o a otro tipo de intereses.

En las primeras fases de los ataques contra Irán, las estimaciones apuntan a cerca de 2.000 personas muertas, hasta 20.000 heridas y unas 130.000 obligadas a abandonar sus hogares. El desastre humanitario deviene extraordinario y tremendamente lamentable. Sin embargo, el número de damnificados no es excepcional si se compara con los que producen otros conflictos bélicos en la actualidad.

La guerra entre Rusia y Ucrania, iniciada en 2022, ha provocado ya cerca de medio millón de muertos, un millón de heridos y entre 3 y 4 millones de familias que han tenido que abandonar sus casas.

En Yemen, los enfrentamientos armados entre el gobierno y los rebeldes hutíes desde 2014, han causado alrededor de 377.000 muertes y más de 4,5 millones de desplazados. En Sudán, la violencia desatada en abril de 2023 ha deparado más de 15.000 fallecidos y llevado a 12 millones de personas a huir de sus hogares.

Paralelamente, resulta bastante llamativo que, a pesar de la atención mediática que venía sosteniéndose en Europa, la guerra entre Rusia y Ucrania se ha visto normalizada, al igual que eclipsada la muerte de 65.000 palestinos y el desplazamiento forzado de casi 2 millones causado por Los ataques en la franja de Gaza.

Parte de la explicación parece encontrarse en un factor menos terrible pero profundamente determinante: el impacto directo en la economía. La inestabilidad en Oriente Medio, especialmente cuando involucra a un actor clave como Irán, ha tenido consecuencias inmediatas sobre el mercado energético global. El precio del petróleo se ha disparado, encareciéndose vertiginosamente los combustibles, y elevándose, en cadena, los costes de la producción y distribución de bienes. Esto se traduce en un aumento palpable en el precio de la cesta de la compra. Es entonces cuando el problema se convierte en una preocupación cotidiana.

De este modo, cabe interpretar que el rechazo hacia la guerra que se viene produciendo últimamente está mucho más influido por la repercusión que esta tiene en nuestros bolsillos que por la pérdida de vidas humanas y el sufrimiento que produce. Si no, sigo sin entender por qué no nos movilizamos también por la muerte por hambre, cada día, de entre 7.000 y 21.000 personas en países como Yemen, Sudán, Sudán, del Sur, Somalía Etiopía y Siria.

Gonzalo Trespaderne Arnaiz


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