¡Quién no ha oído el refrán castellano de coger el rábano por la hojas! Sería la postura de quien huye o menosprecia lo importante y se aferra a lo secundario e insignificante. Eso es lo que, a mi juicio, ha ocurrido con la película de A. Amenábar Ágora: utilizar unas bases históricas, echarle mucho maquillaje y entretenerse caricaturizando los hechos, para concluir con resultados equivocados. Eso sí, con la gran maestría de quien es un brillante director cinematográfico.
Aprovecho el permiso del crítico de cine J. Orellana, – pantalla90.es- para insistir en que, al margen del éxito de taquilla en España no podemos confundir churras con merinas. La película nos retrotrae a los siglos IV y V en la ciudad de Alejandría, en que la filósofa pagana Hipatia es asesinada el año 415 sufriendo además los ataques de la fanática masa popular.
La idea que postula la película es muy sencilla. El paganismo fue progreso, el cristianismo retroceso. Esta idea queda plasmada incluso en la estética de los actores, pues los paganos como Orestes y la misma Hipatia visten de blanco, y los cristianos de gris o de negro, por ejemplo Amonio o Cirilo… El mensaje subyacente del film es que la religión oscurece la razón, frena la ciencia y el progreso. De ahí, a afirmar que el cristianismo ha sido como una marcha atrás en la cultura, la ciencia y en la misma civilización, no va sino un paso.
Lo sibilino es que bajo el escudo de que fueron unos hechos históricos, la película posibilita un juicio sobre el valor de las religiones en general y del cristianismo en particular. Ello no comporta ningún pero si quien contempla la película es una persona que objetivamente sabe lo que el cristianismo ha aportado al progreso de la cultura, del arte, de la ciencia, del derecho, de la filosofía, de la política, de las relaciones internacionales, etc.. Hipatia, la protagonista pagana del film aparece como un personaje fascinante, ideal de virtud, inteligente, humana.., es decir una santa laica.
Se ha intentado convertir a Hipatia, matemática y astrónoma, en un símbolo de la razón contra lo que algunos llaman oscurantismo cristiano. Se busca escribir cinematográficamente una leyenda negra sobre el cristianismo. Eso sí; con cincuenta millones de euros. El cristianismo y la misma Iglesia la conformamos personas, pecadores llamados a la conversión en quienes la conciencia del mal y del pecado es tan evidente que, hasta pedimos perdón muchas veces en el sacramento de la penitencia. Si la Iglesia anuncia la verdad, lo hace aunque el mensajero de dicha verdad sea imperfecto, incoherente y necesitado de perdón.
Me pregunto. ¿El pecado de algunos cristianos anula la realidad objetiva e histórica de la verdad que anuncia y de la labor humanizadora que desde hace dos mil años realiza el cristianismo en general y la Iglesia en particular?: abolición de la esclavitud, dignificación de los enfermos leprosos sociales, atención de huérfanos, defensa de la vida, cuidado de indigentes, recuperación de delincuentes, la defensa de la familia, el aprecio por el trabajo…, y por encima de todo ello el ofrecimiento constante del sentido de la vida a los hombres y mujeres.
Se da la paradoja que mientras la Iglesia pide perdón continuamente por los pecados que hubiera cometido en su historia, por el contrario hay quienes en nombre de la libertad justifican las barbaries y genocidios de ciertas ideologías del pasado, o bien callan ante otras del presente. A éstos, justificación, silencio y benevolencia, pero al cristianismo ni pan ni agua.
Es curioso que, cuando lo que caracteriza los primeros siglos del cristianismo es la persecución que sufre por parte del imperio romano, del paganismo y de las poderosas élites económicas y políticas del momento, el Sr. Amenábar se vaya a fijar en un hecho aislado que además ha sido reiteradamente utilizado falazmente por el ateísmo militante.
Hay que decir bien alto, aún a pesar de lo que la película en cuestión sugiere, que la fe no es enemiga ni de la ciencia, ni del progreso, ni mucho menos de la razón. La fe es razonable. Quizá lo que en el film se llama fe, no sea sino superstición que nada tenga que ver con el cristianismo. Desgraciadamente fundamentalistas e ignorantes los ha habido, los hay y los habrá, tanto en el cristianismo como en otras religiones, sin olvidar tampoco a quienes militan en las filas del relativismo beligerante, laicismo excluyente y en tantos nuevos paganismos.
*D. José Abellán*


