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«ALZHEIMER Y ESENCIA», de Simón Candón Sánchez

ALZHEIMER Y ESENCIA
El Alzheimer no llega de golpe ni arrasa en un instante. Se instala poco a poco, casi sin hacer ruido al principio, y va ocupando espacios que antes estaban llenos de certezas. Se lleva nombres, desordena los días, confunde las horas y rompe la lógica de lo cotidiano. Sin embargo, hay algo que no consigue borrar del todo: la esencia de la persona.
Aun así, es frecuente que, ante el diagnóstico, aparezcan frases que duelen más de lo que parecen: “ya no es el mismo”, “se está yendo”. Son expresiones nacidas del desconcierto, pero profundamente injustas si se convierten en una forma de mirar.
Porque la esencia de una persona no vive únicamente en la memoria. Está en su manera de reaccionar, en su sensibilidad, en la forma en que responde al cariño o busca refugio en quien ama.
Esa verdad se comprende mejor cuando se vive de cerca.
“No es una persona cualquiera”, dice una mujer al hablar de su marido. “Es mi compañero de vida”. Y en esas palabras hay una historia entera: una vida compartida desde la juventud, llena de momentos difíciles y de otros profundamente felices, de luchas, de afectos y de tiempo construido juntos.
Ahora él empieza a mostrar los primeros síntomas. Hay olvidos, desorientación, pequeños fallos que antes no existían. Pero la vida sigue ocurriendo entre esos huecos. Por ejemplo, en algo tan sencillo como sentarse a jugar una partida de parchís o de dominó.
A veces se equivoca contando o coloca las fichas al revés. Otras veces, sin embargo, juega bien, incluso gana. Y entonces ella se lo celebra con entusiasmo, como si fuera una gran victoria. Porque, en realidad, lo es.
En ese gesto hay una forma distinta de entender el cuidado. Cuidar ya no consiste en corregir cada error o en señalar constantemente lo que no funciona. Cuidar es reconocer lo que permanece. Es entender que, aunque la memoria falle, las emociones siguen intactas, y que detrás de cada confusión hay una persona que sigue sintiendo, necesitando afecto y respondiendo al amor.
Pero no todo es fácil. Cuando cae la noche, la enfermedad se vuelve más dura. Aparecen escenas que no tienen sentido para quien observa desde fuera: caballos que hay que guardar, barcos que alguien ha tomado sin permiso, problemas de albañilería en la casa que no existen. Para él, sin embargo, todo eso es real. Y en esa realidad también hay emociones verdaderas: miedo, inquietud, necesidad de protección.
Ahí el acompañamiento exige algo más que paciencia. Exige respeto. No se trata de imponer constantemente la realidad, sino de sostener a la persona dentro de su experiencia, sin romperla bruscamente. Estar, simplemente, y ofrecer seguridad.
Hay momentos en los que resulta difícil reconocer a la persona con la que se ha compartido toda una vida.
Y ese es, quizás, uno de los dolores más profundos. Sin embargo, frente a esa dificultad, ella lo tiene claro: está dispuesta a seguir adelante, a acompañar, a cuidar en la medida en que pueda. No desde la resignación, sino desde el amor.
“Mi marido no es una persona cualquiera”, insiste. “Es mi Pepón, el regalo que me trajeron los Reyes”. En esa forma de nombrarlo permanece intacto todo lo que han vivido juntos. La enfermedad no ha borrado su historia, ni el vínculo que los une.
El Alzheimer puede alterar la memoria, el lenguaje y la orientación, pero no tiene la capacidad de borrar por completo lo que una persona ha sido. Esa identidad sigue viva en los gestos, en las emociones y, también, en la memoria de quienes acompañan.
Por eso, cuando alguien afirma que “ya no está”, tal vez el problema no sea la ausencia de la persona, sino la falta de una mirada capaz de reconocerla en su nueva forma de estar.
Las personas con Alzheimer siguen sintiendo, siguen reaccionando, siguen siendo. Y mientras haya alguien que las mire con respeto, que las trate como adultos y que valore lo que aún pueden ofrecer, su esencia seguirá presente.
El verdadero desafío no es solo convivir con la enfermedad, sino aprender a no perder de vista a la persona.
Porque el Alzheimer transforma muchas cosas, pero solo puede borrar la esencia humana si nosotros dejamos de verla.
Si estás pasando por esto, si tienes a alguien cerca empezando a olvidar, a confundirse o a cambiar, no pienses que lo estás perdiendo del todo. Aún está ahí, aunque a veces cueste encontrarlo. Búscalo en sus gestos, en sus silencios, en la forma en que responde cuando le hablas con cariño.
No corrijas todo. No luches contra cada error. No discutas con su realidad en cada momento. Acompaña. Sostén. Celebra lo pequeño.
Y, sobre todo, no dejes de mirarlo como la persona que ha sido siempre.
Porque lo sigue siendo.
Y en esa forma de mirarlo… también estás cuidando su esencia.
Simón Candón Sánchez
Fuente:
https://www.facebook.com/story.php?story_fbid=10232912903992523&id=1463021328&mibextid=wwXIfr&rdid=gNDSDnRm2EywLMtL#

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