Actualitat de l´Alt Vinalopó, el Vinalopó Mitjà, l´Alcoià, El Comtat i l´Alacantí
Villena

Presentada la web del Rabal

Como ocurre con tantas otras cosas que conforman nuestra vida en la actualidad, la propia palabra “rabal” revela una clara influencia musulmana. Proviene del árabe “al-rabal” que significa “barrio fuera del recinto de la población”.

Villena, como es obvio, nunca ha sido tal y como la vemos hoy día. A lo largo del tiempo ha cambiado su aspecto y en su deambular, el rabal ha sufrido, en verdad, cierta injusticia.

Como todo en la vida tiene un comienzo, hora ya es de enfrentarnos a él. Y este se inicia hace unos 900 años cuando ya existía un núcleo de población firmemente asentado en torno a una fortaleza militar que servía tanto de avistamiento por la llegada de posibles enemigos como refugio seguro en caso de invasión.

Por consiguiente, las casas estaban ubicadas lo más cerca posible del castillo y, en muchos casos, estaban comunicadas con el por medio de pasillos ocultos por los que acceder lo más rápidamente posible en los momentos en que la vida de sus moradores peligraba, o para poder huir en caso de asedio.

Y, desde el año 1100, las dificultades por las que atravesaba el dominio musulmán en la península ibérica provocaron la incorporación, desde el norte de África, de los almohades llegados para reforzar anímicamente a los andalusíes aborígenes y refrenar el ímpetu invasor cristiano.

La situación era tan peligrosa que se hacia necesaria la construcción inmediata de fortalezas por las zonas más expuestas a incursiones enemigas. Este es el origen del castillo de la Atalaya cuya presencia almohade todavía es visible tanto en la parte inferior de la torre del homenaje como en el primigenio lienzo de la muralla interior, hecho de tapial a base de tierra pisada, yeso y pequeñas piedras.

Sabemos que el domingo 13 de agosto de 1172, el califa almohade yusuf acampo en el castillo de Bilyana camino a Murcia.

Así pues, teniendo al castillo de la Atalaya como importantísimo eje central de la vida urbana, la originaria Villena creció a su sombra protectora. Efectivamente, nuestra ciudad era una urbe más de las que entonces tenían vida en Al-Ándalus. Ciudad musulmana, que es conocida por todo el mundo como Bilyana, que algunos autores traducen por “la llena” relacionando su significado como la tradicional riqueza acuífera que siempre ha poseído la ciudad.

Bilyana aparece en los primeros documentos escritos como “una ciudad bella de aspecto, poseedora de agua y jardines” y situada en el norte del reino de Murcia.

Del reino musulmán de Murcia y en esta capital un paisano nuestro, Abul-l-Hassan Rasid ibn Sulayman, llego a escribir y gozar de los favores de quien gobernaba entonces en ella, el emir Abu`Abdarrahman ibn Tahir.

Como toda ciudad musulmana, Bilyana disponía de una muralla- cuyos límites en esa época no nos están claramente dibujados-, dos cementerios- uno situado cerca de la puerta de Almansa en dirección al castillo y el segundo, cerca de la antigua puerta de Biar, en la losilla-, zocos dinámicos, bulliciosos y pleno de campesinos que declamaban a gritos sus productos recién cogidos, comerciantes llamados por los posibles beneficios, que esperaban de un momento a otro la visita del almotacén, encargado de vigilar el perfecto cumplimiento de los precios oficiales y de las medidas utilizadas, hábiles artesanos, ataviados con el tradicional Fez sobre la cabeza, que se afanan en sus trabajos cuando abandonan la tarea para departir con conocidos. Una minoría de judíos, muchos de ellos dedicados al comercio, y algunos cristianos completaban el mosaico humano.

Para el descanso espiritual no olvidemos las mezquitas de barrio- posiblemente, la actual ermita de San José pudiera haber sido una de ellas- y la aljama, esto es, la mezquita mayor. Y para el relajamiento físico, nada mejor que acudir al baño público o pasear serenamente por los descampados situados cerca de la muralla de de entrada a la ciudad o detenerse en uno de los muchos jardines que, jugando con el agua, existían por toda Bilyana.

Por la noche, cada barrio cerraba sus puertas para evitar robos y policías armados, acompañados de perros y provistos de un farol, hacían la ronda nocturna.

También su trazado urbanístico respondía a callejuelas sinuosas, con predominio de las curvas y plazoletas en algunos tramos espaciosos. Espacios angostos para el justo paso de un hombre y un animal pero que, a cambio, resguardan casas y moradores del sofocante calor estival. Casas con pequeñas puertas de acceso y un diminuto patio, centro de luz y vida de la vivienda que suele estar dividida en dos pisos, el segundo acabado en terraza para disfrutar de las veladas nocturnas cuando el tiempo lo aconsejaba.

Las fachadas sencillas y con decoración austera por las escasas ventanas con celosía, necesarias para preservar la vida íntima de la familia. Y el blanco, el color de la pureza y la transparencia. Muros blancos sobre blanco, cal blanca, higiénica y luminosa, que marca el ritmo del paso del tiempo en capas que se acumulan unas sobre otras. Todo este engendro de calles tiene su lógica en el punto focal de la aljama, el único lugar hacia donde se dirigen todas las direcciones y, los viernes, todas las miradas. Efectivamente, podemos coger cualquier calle rabalera por la que después de una breve caminata terminaremos donde siempre lo han hecho otros antepasados nuestros: en la mezquita mayor de Bilyana, hoy iglesia de Santa María de la Asunción.

Si se excavaran los cimientos de esta iglesia aflorarían los restos de la construcción musulmana. Era común que la toma de una ciudad musulmana por las tropas cristianas supusiera la inmediata “santificación” del lugar y, con tal fin, la mezquita mayor pasaba a convertirse en iglesia bajo la advocación de la virgen María. Era el comienzo de una nueva época en la que ya nada sería igual que antes.

Desde 1240, Bilyana pasa a ser Villena. Bien bajo autoridad aragonesa primero o castellana después, los monarcas se preocuparon de repoblar las zonas sometidas con gentes venidas de sus reinos. La población autóctona musulmana será recluida y separada de los nuevos vecinos. Se levanta un tramo de muralla que, partiendo desde el castillo, baja por Santa Barbará hasta la plaza vieja y verificara la exclusión musulmanes y judíos vivirán extramuros y el rabal se convierte en ese “barrio fuera del recinto de la población”. Con el transcurso de los años y los siglos, políticas de conversión al cristianismo potenciarían dos centros focales urbanos: uno, alrededor de la iglesia de Santa María – la iglesia del rabal- y el segundo, relacionado con la iglesia de Santiago, de cuya primera fabrica no queda nada en la actualidad.

Así las cosas, en 1476, Villena es cabeza de un siempre codiciado marquesado, al que da nombre. Su tercer marques, don Diego López Pacheco, está envuelto en las disputas por el trono castellano. Siendo fiel a la política de su padre, se encarga personalmente de la custodia de Juana, la hija del difunto rey y de hacer valer sus derechos a ser reina de castilla. En el otro bando, Isabel y Fernando también juegan sus bazas. No hay acuerdos posibles y se vislumbra otra vez aires de guerra.

Presuroso, el marqués imparte ciertas instrucciones. Durante el mes de septiembre se llevaron a cabo los alistamientos de tropas. Por todos los lugares, emisarios del marqués se encargan de reclutar a todo hombre capaz de guerrear. Algunos vecinos logran eximirse del servicio de armas pagando ciertas cantidades al respectivo concejo. Las disposiciones son claras: todo el mundo debe estar preparado para el día de todos los santos. Se cierran murallas y se levantan barreras, estipulándose días de cárcel para quien ose derribarlas. Se prohíbe trabajar en el campo y tampoco se permite llevar los animales a abrevar. Los castillos se pertrechan de víveres y armas, perfectamente dispuestos para, llegado el caso, soportar largos asedios. Muy pronto, los planes de marques van desbaratándose uno a uno. Por todo el marquesado corre un extraño rumor. Nadie sabe de dónde viene pero todos tienen los oídos prestos a escucharlo: un formidable ejército ha cruzado la raya de Aragón y, al mando del príncipe Fernando, cosecha victoria tras victoria allí por donde pasa. Incluso las propias villas les abren sus puertas temerosas de cruentas represalias. Toda aquella que se rinde sin luchar recibe perdón general pero para la que ose hacerle frente no hay misericordia. Por su parte, desde Murcia otro numeroso ejército arrasa todo lo que encuentra. La noticia se propaga rápidamente y en algunos lugares ya no aguantan más. Es la hora de resarcirse de tantos años de oprobioso dominio Pacheco. Llego el momento de levantarse contra el marqués. Alcaraz y Hellín enarbolan la bandera de la rebelión. Le siguen Chinchilla y Almansa donde la población mantiene sitio al castillo en el que se ha refugiado el alcaide con su familia, soldados y algunos partidarios quienes, penosamente, van sucumbiendo por la peste que allí se ha propagado. Los sitiadores aguardan la llegada de Gaspar Fabra, encargado por Isabel y Fernando de encabezar la rebelión en Villena.

En la iglesia de Santa María, el sacerdote consagra la hostia brazos en alto y ojos al cielo. Suenan cinco campanadas en vez de tres. Es la señal. Las tropas del marqués acantonadas en el castillo ven impotentes como sube la marea humana. El alcaide, pariente del marqués, ordena abrir las puertas y recoger a los pocos musulmanes y judíos que han sobrevivido. Después de escuchar las peticiones de los sitiadores, se niega a rendir la plaza. Gaspar Fabra al mando de cuarenta soldados de caballería y trescientos de infantería y apoyado por los villenenses sublevados, decide tomar por asalto la fortaleza. Emplazaron contra ella dos trabucos y dos bombardas gruesas con los que derribaron todas las casas cercanas al castillo, con lo cual solo quedo la torre principal en poder de los defensores. La torre fue reforzada con muchas sacas de lana, fortificaciones de madera y otros pertrechos, pero con tal fuerza la batían que derribaron gran parte de la primera cerca con sus torres. Viéndose en tal aprieto, el alcaide, Pedro Pacheco, envió emisarios a pactar con Gaspar Fabra, que actúa como representante de los reyes, donde se acuerdan los siguientes puntos:

Serian perdonados a cuantos intervinieron en el alzamiento toda clase de delitos cometidos durante la rebelión.
Prohibición de que pudieran vivir en la villa ni los conversos que en ella moraban al tiempo del movimiento ni los cristianos nuevos que no Vivian en ella por aquellas fechas.
Confirmación a los villenenses de todos los privilegios, mercedes, usos, costumbres y exenciones y, entre ellos, el fuero de Lorca.
Promesa de que los reyes no entregarían la villa a ningún hidalgo, caballero ni persona alguna, sino que la conservarían para sí y sus descendientes y sucesores.
confirmacion del mercado franco de todos los jueves que les fue otorgado por Alfonso X “el sabio”.
Que nadie del nombre o linaje de Pacheco pudiera vivir, morar ni estar de asiento en la villa.
Finalmente, el marqués de Villena se rinde ante los reyes Católicos el uno de marzo de 1480 en Belmonte. A partir de ese momento, el marquesado pasa a existir como mera cuestión simbólica.

Texto de Alan Brotons Hernandez. http://www.elrabal.es/

HAZ CLICK AQUÍ PARA VER EL VÍDEO


199